-Me gustaría que algún día llegaras a ser una de esas -susurró su madre, señalando los astros, deseando que ella pudiera entenderla realmente.
Y a su hija la llamó Enero, como el mes. Como la lluvia, el frío y la oscuridad, porque el agujero negro absorbía la luz que entraba por el gran ventanal de su habitación y los traviesos rayos de sol que querían lamer la piel de la niña. Su piel era por ello pálida como la luna y tenía los brazos llenos de lunares violetas cósmicos. Dos cortinas de pelo negro le cortaban los rasgos afilados como cristales, y aunque su madre trataba de recogerlas en trenzas a medida que iba creciendo, se rindió cuando cumplió los catorce.
Cuando tu mundo no brilla, poco a poco te vas hundiendo en cada pequeño golpe que te da la vida. Enero no entendía ni quería entender por qué era la única tan triste, casi tan triste como el espacio infinito. Su alma era fría como los cometas y su sonrisa de media luna se hacía ver tan a menudo como los eclipses completos. Odiaba su rostro de papel y por tanto jamás permitió que la rebelde tinta de sus cabellos se borrase de sus mejillas o de su frente, mientras maldecía una y otra vez el agujero negro que le arrancaba con su vacío todo lo bueno que a ella se acercaba.
Sin embargo, un día se cansó. Se cansó de su vida de oscuridad escarchada y se limpió los cristales de la cara y el polvo de cohete de las manos y decidió cambiar sus suspiros sin aire por la calidez de una taza de café y azúcar en las manos. Se tiñó el pelo de explosiones de fuego y se delineó los ojos de kohl y sonrió con toda la boca, con el alma infinita que en ella habitaba.
Y la luz halló el camino hasta sus labios, y en sus dientes lunares se reflejó la luz del sol y al fin todos pudieron ver las estrellas en sus ojos.
